miércoles, enero 17, 2007
lunes, enero 15, 2007
Palizas

Postpost: Pero ojo con las palizas de este otro.
jueves, enero 11, 2007
Coherencia
Sabias palabras:"Nunca utilizaré lo que me ha pasado para beneficio personal".
Claro, esto es arte gratuita.
miércoles, enero 10, 2007
Balazos líricos
Además, con el paso de los años y las innovaciones técnicas, el reflejo, por otro lado, de las grandes batallas históricas, se ha ido haciendo más fiel y más vibrante. Es el caso del desembarco de Normandía en “Salvar al soldado Ryan” o el ataque a la base estadounidense en “Pearl Harbor”, en los que te metes de lleno en la lucha gracias a esa misma fidelidad lograda a través de la tecnología.
No obstante, estos dos últimos títulos carecen de interior, están vacíos. No se aprovechan de la ocasión de ahondar en los personajes estando en crisis, de profundizar psicológicamente en su dolor o en su resistencia. “Salvar al soldado Ryan” acaba a los 25 minutos de iniciarse –siempre se dice de Spielbierg que sobra algo de metraje en sus películas: aquí sobra todo el resto- y “Pearl Harbor” nunca comienza.
Por eso, justo antes de empezar a ver “Banderas de nuestros padres”, aparecía la duda de qué vendría delante en aquella pantalla. Es más, las dos últimas películas de Eastwood, “Mystic River” y “Million Dollar Baby”, me habían causado una gran impresión y podían condicionar todo lo que sintiese acerca de ella. Y el resultado fue sorprendente.

El duro Clint apostó por algo que nadie o casi nadie se esperaba, y eso le dio alas y originalidad: no se trata de un film patriótico, ni siquiera de uno que siga una línea antiamericanista. Más bien, todo lo contrario, lo político es tomado en su vertiente global.
Es decir, el tema es, en cierto modo, la manipulación de una sociedad desconfiada y desquiciada. El valor de una imagen estática como símbolo y, al final, como semilla de la esperanza, marca la trayectoria de los personajes. Y esta orientación permite, además, múltiples visiones. La de los protagonistas, por ejemplo, es, quizá, la más interesante: vemos cómo una mentira los arrastra y los vacía, cómo pasan de ser unos a otros, cuando en su interior saben qué son en verdad. Enfrentarse a una mentira, al concepto de héroe cuando no lo sientes, puede destruirte.
Pero se puede ir más allá. Así, alargando la dirección del argumento, la película es todavía más valiente: si hacemos planetaria esta historia, nos damos cuenta de qué somos en realidad. Nos vemos huecos y, cuanto más huecos, más títeres. Descubrimos que las Administraciones tienen cada vez más hilos y más fuertes y también vemos, finalmente, qué papel jugamos en sus tablados. Y esto, tal y como está el presente, es una apuesta arriesgada, pero que se agradece.
Ahora bien, en conjunto, a pesar de los evidentes logros de guión, dirección y técnica –la batalla de Iwo Jima es única-, algo le falta a la cinta, algo de emoción o, rozando la pedantería, de poesía, porque, a fin de cuentas, no acabas de entrar en la línea personal de los personajes, en su sufrimientos.
Entonces empiezan las comparaciones, y la mía es con “La delgada línea roja”. Es una película que ha recibido críticas despiadadas y sobre la que se ha colocado, en mi opinión, una mancha de injusticia, pero el tiempo le dará su verdadera medida. La considero mi película bélica preferida –por encima, incluso, de “La chaqueta metálica” o “Apocalypsis Now”- y una de las que más me ha influido en los últimos años. Y no creo que esta adopción sea exagerada.
A través de las reflexiones del protagonista Witt, y su antagonista interpretado por Nolte, viajamos como por un espejo con el que queremos mirarnos más y más dentro. De este modo, aparece todo el absurdo del ser humano: la crueldad, la tendencia a la autodestrucción, la naturaleza que se mata a sí misma y la estupidez de la propia guerra, con una metáfora genial en la colina. Pero también una luz de pureza, enfocada hacia el pueblo de niños de una tribu indígena, que representa un estadio original inocente del hombre, como un Paraíso despojado de todo contenido religioso, que hemos perdido por nuestra avaricia y nuestros pecados.
En este sentido, “La delgada línea roja” es una obra maestra que huye de los tópicos bélicos como el patriotismo –no hay ni una sola bandera, ni estadounidense ni japonesa- para buscar algo más intimista y lírico. Y, gracias a Terrence Malick, lo consigue, por eso se te clavan dentro las frases de Witt:

Desde este punto de vista, tal vez juzgue erróneamente a “Banderas de nuestros padres” porque tal vez sea erróneo compararla con una película con la que apenas tiene que ver como “La delgada línea roja”. Pero es innegable, y lo veréis, esa sensación de cierta desilusión con que nos abandona Eastwood al final de la película, cuando sales del cine y te das cuenta de que algo que esperabas ansiosamente no ha aparecido en esas dos horas.
Quizá un verso.
lunes, enero 08, 2007
domingo, enero 07, 2007
Cada loco con su tema

Pospost: ¿Quiénes serán esos 8 indeseables?
viernes, enero 05, 2007
Después de Ricardo Queso, Jonathan Rico
jueves, enero 04, 2007
Nuestra propia música
Se contaba recurrentemente una historia en la que, con la sombra de la caída al infierno del propio protagonista, se moralizaba acerca del “¡Este es el fin del que obra mal!” del coro final. No obstante, la composición abarca múltiples puntos de vista que es necesario no olvidar o, simplemente, no dejar pasar.
Tal oportunidad no la desaprovechó Kierkegaard, filósofo danés que tuvo la afortunada idea de pensar que los debates entre racionalistas y empiristas eran estúpidos y vacíos y que lo que valía la pena dentro de la filosofía era estudiar definitivamente al hombre. El hombre, y su vida, de la que él extraía tres estadios vitales: estético, ético y religioso.
La primera de estas posadas, la estética, está marcada por la impronta del goce, el placer físico del romántico y, por extensión, del seductor o esteta amoroso, quien vive en un continuo y mudable presente erótico para el que no necesita ninguna preparación, ningún motivo, ningún tiempo.
Esto nos conduce directamente al “Don Giovanni”, porque es el mito que mejor representa la emisión erótica, la seducción y la conquista o sustracción de momentos a otro ser, es decir, la depredación sexual. Y si, por ende, a la creación de un personaje literario, le añadimos una composición musical fiel, podemos lograr una inmersión en pensamientos todavía más profundos.
Por ejemplo, las victorias sensuales de Don Juan son un continuo de fugacidades, de pequeñas memorias que se apagan y donde la palabra, cargada de fuerza triunfadora, acaba por desaparecer. Es más, el propio conquistador podría no existir si no se hubiese fijado al catálogo en el que se inscribían los nombres de las 2.065 mujeres a las que había cautivado.
En este sentido, la música cumple el papel de espejo a la perfección: todo seductor y, ampliando, todo ser humano es, en parte, una simple nota musical que se consuma en el “eterno desaparecer” del placer, que también podemos expresar como pasión o incluso sentimiento.

Por eso, el motor humano confiere sentido a la propia creación musical, y viceversa. Esto es, comprendamos la existencia como un silencio, un principio de obra en el que el director, suspendido sobre un extraño vacío y armado con su batuta, está a punto de marcar la primera nota de la sinfonía. La vida, como el teatro sin público, se va a convertir en el espacio donde resonará el cuerpo de notas que marcará nuestra mortalidad o nuestra inmortalidad.
No somos una esencia, tan sólo empezamos a ser cuando sonamos, cuando nos entregamos a esas notas musicales del sentimiento que desaparece continuamente o eternamente se renueva. El pensamiento, la razón o el pentagrama, por sí solo, es un bemol monótono y, más allá, una especie de prisión. La belleza de la ópera está en la pasión, en romper las reglas y desarmarse en un grito atronador.
¿Qué es lo que marca el desafío al tiempo de una gran pieza musical? ¿Por qué Mozart está todavía vivo? Eso es a lo que deseamos llegar y ahora parece abrírsenos una metáfora: debemos crear nuestra propia música, pero una música que vuele desde el pentagrama y suene tan fuerte que atraviese las paredes de nuestro mismo teatro, que se escuche fuera y haga temblar.
Por supuesto, no podemos reducirnos a la realidad, a lo que la rueda de la Historia marca como imborrable. El sentido de nuestra aria personal lo construye o lo destruye todo, y a su ritmo nos sometemos. Si todo comienza verdaderamente con el movimiento de la batuta, lo que lo siga dependerá únicamente el espíritu del teatro. Así, y sólo así, lo que nos rodea tomará la forma de nuestro propio Allegro Assai y seguirá resonando siempre, porque el eco es aparecer donde es posible la música, y la música es infinita.